- nsayo sobre el libro “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez Una sociedad conflictiva muestra como indicios conflictos de valores. Por Wolfgang Amadeo Streich Reconozco al comenzar estas líneas que no existe un modelo perfecto de sociedad. Se han escrito millones de líneas desde hace unos 5.000 años. Las diferentes culturas dejaron plasmadas en piedra, ladrillos, madera, cuero y papeles, la realidad de sociedades conflictivas. Donde hay rastros de civilización organizada, hay rastros de conflictos de todo tipo, familiares, comunales, laborales, imperiales, nacionales, internacionales, etc. etc. Aunque mi trabajo no pretende tener un valor científico basado en la observación y la experimentación, ni en análisis rigurosos, me gustaría proponerle que hagamos una reflexión sobre algunos puntos que me llamaron la atención en la obra de Gabriel García Márquez, “Cien Años de Soledad”. Mi perspectiva personal, es que de alguna u otra manera García Márquez trata de expresar una realidad social conflictiva identificando de manera muy original conflictos de valores, a través de metáforas, y narraciones hasta cierto punto un poco exageradas, pero que observando detenidamente tiene similitudes con la realidad Latinoamericana. Hace mucho, mucho tiempo, Macondo fue fundado por José Arcadio Buendía, que venía huyendo de un pasado tenebroso y conflictivo. Llegó con nuevas expectativas, nuevos ideales e ilusiones acompañado de un grupo de personas que lo seguían buscando un mejor porvenir. José Arcadio se convirtió en un líder. “José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas” Tenemos a un padre ejemplar, con una esposa ejemplar y muy emprendedora, Úrsula. Todos sabemos que familia es la célula básica de la sociedad. La sociedad se compone de familias. El hogar es el corazón de la sociedad. Muchos de los grandes problemas sociales tienen su origen en aquel lugar donde niños y jóvenes aprenden conductas, actitudes, donde se fundamentan los valores de la sociedad del mañana. Hay influencias extraordinarias, que se generan entre las 4 paredes de una pequeña vivienda. Algo interesante que noto en los sucesos de Macondo, es un cambio negativo en la actitud del líder del hogar, y el líder civil, fundador del pueblo. “Aquel espíritu de iniciativa desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje...” Su mente empieza a divagar, y se encierra en una tristeza y soledad inigualable. Veo que a través de toda narración sobre los Buendía, aparecen hijos, nietos y bisnietos tristes, solos, que van perdiendo el rumbo de la vida. Melquíades, un ser mitológico, aparentemente sacado de alguna leyenda de magia, experto estudioso de los designios y adivinaciones de Nostradamus, escribe en unos pergaminos unas claves secretas y misteriosas. Durante todo el libro puedo percibir como un designio negro, marcado de muy antemano, a los descendientes de la familia, tristes, solos, infelices. Seguir idea tras idea a García Márquez parece un poco dificultoso. Si uno desea conocer bien los detalles de cada Aureliano, y seguir la trama de la obra literaria, debe concentrarse bastante bien para no perder ningún detalle, y pasar por cambios bruscos de lugar, de tiempo y circunstancias. Lo ideal es leer el libro varias veces, marcarlo y poder seguir la secuencia de hechos. Usando un poco de tiempo, un poco de atención y mucha imaginación, usted podrá entender y vivir muchas de las experiencias relatadas por García Márquez. Se presentan permanentes conflictos familiares, infidelidades, rivalidades, enfrentamientos entre esposos, padres, hermanos, hijos, nietos. No podría detenerme en cada detalle, pero como dice el dicho, “para muestra vale solo un botón”. “Amaranta,… decidió con espantosa frialdad que la fecha sería el último viernes antes de la boda, y el modo sería un chorro de láudano en el café” Amaranta estaba dispuesta a matar a Remedios. Ellas habían crecido bajo el mismo techo. Realmente me parecen espantosas muchas cosas suceden en la maraña de anécdotas familiares. Algunas pueden ser reales, otras un poco exageradas. Página tras página pareciera que las relaciones se vuelven más difíciles. Hay más distanciamiento. Hay más soledad. Pasaré rápidamente a otro punto. Del ámbito familiar podemos pasar al aspecto circundante. El pueblo de Macondo. Las estructuras originales eran simples y sencillas, pero al formarse un gobierno central, surgen fuerzas opuestas, que compiten por el poder. Por un lado los Conservadores y por otro los liberales. Estas fuerzas, creo, que tienden a sintetizar la mayoría de los conflictos políticos y luchas de poder en Latinoamérica. Con gran asombro veo la perspectiva política de García Márquez. Pareciera que nos está diciendo a gritos que los partidos no tienen un andamiaje ideológico firme. Ya lo dijo una vez el viejo Don Blas N. Riquelme: Nosotros los colorados somos muy flexibles, si hoy nos conviene ser de derecha, vamos a la derecha, y si nos conviene ser de izquierda, vamos para la izquierda. Al igual que en Macondo, hubieron tiempos que todo conflicto se resolvía por las armas. Hoy todos somos “democráticos”. Pero al parecer de García Márquez las democracias no pasaban de ser simples farsas. Muchos acuerdos, pocas soluciones. A más abrazos, más dinero corriendo bajo las mesas. “Las elecciones transcurrieron sin incidentes…Esa noche… Don Apolinar Moscote…ordenó al sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas rojas como azules, pero el sargento sólo dejó diez rojas y completó la diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una etiqueta nueva y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital de la provincia” “Los liberales estaban decididos a hacer la guerra…” “32 revoluciones…” pero “Los líderes de la revolución empezaron a sentir “el hastío de la guerra”… El coronel Aureliano Buendía se cansó “de la incertidumbre, del círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre los encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni como, ni cuando…” Y luego se enteraron a través de un noticiero que “… el gobierno conservador…con el apoyo de los liberales, estaba reformando el calendario para que cada presidente estuviera cien años en el poder. Que por fin se había firmado el concordato con la Santa Sede, y que había venido desde Roma un cardenal con una corona de diamantes y en un trono de oro macizo, y que los ministros liberales se habían hecho retratar de rodillas en el acto de besarle el anillo”… Tomando una analogía de nuestra realidad paraguaya, tantas muertes en la triple alianza, en la guerra del Chaco, en las revoluciones entre liberales y colorados, para que hoy los líderes ahora se pasen abrazando y firmando acuerdos a cambio de un manojo de billetes. Pareciera ser la pregunta de García Márquez a gritos: ¿Dónde están las convicciones? ¿Dónde está el idealismo? ¿Para qué luchamos tanto?... Solo me referiré brevemente a la intervención en sociedades de intereses capitalistas, generalmente extranjeros. Aparece magistralmente relatada en los sucesos de Mr. Herbert, el bananal, y el ferrocarril. Le recomiendo leer el capítulo 12 completo, y analizar detenidamente las implicancias sociales del capitalismo, del imperialismo y la globalización. Podemos ver con claridad en “Cien años de soledad” realidades sobre conflictos en familias, en la comunidad, y finalmente conflictos globales. Si usted no leyó el libro, o lo leyó desde otro punto de vista, le propongo que haga fijándose en este enfoque sociológico. Usted podrá comprender muchas cosas importantes. Prácticamente en toda la obra pude notar que los conflictos sociales están relacionados a conflictos de valores. Tratando de hacer una relación entre la obra y los principales valores humanos tomé 3 de ellos: El primero es el de absoluta igualdad o fraternidad entre los seres humanos. Cada ser humano que existe es único e insubstituible, y de allí proviene su dignidad más sublime. Si en la familia, en nuestro entorno, en cada ser humano con quien contactamos pudiéramos ver a una persona insubstituible, creo, que muchos de los conflictos que existen hoy, desaparecerían. Sin embargo no prestamos atención a este valor universal. En Macondo, como en cualquier ciudad del mundo de hoy, se trata la vida humana como si fuera una botella de gaseosa descartable. Hoy me caso, mañana te dejo. Hoy te amo, mañana te odio. Me asusta en pensar en ejecuciones, en leyes marciales, y todo eso, pero más me asusta el odio entre y la violencia entre amigos y vecinos, el odio y la violencia entre familias, el odio y la violencia entre una madre y un pequeño feto. Tanto a nivel familiar, a nivel de país, de región, a nivel mundial estamos recibiendo antivalores que van contra la dignidad humana. En Macondo encontramos algunos de esos antivalores: “3.000 muertos” porque sí nomás. “17 Aurelianos” muertos, simplemente por una frase expresada en un mal momento. “Una mulata” adolescente que debe acostarse con 70 hombres por noche, durante toda su vida, como castigo por un incendio. Usar a las personas como objetos, como cosas, lleva como resultado graves conflictos sociales. Me pregunto del porqué tantos millones en armamentos, habiendo tanta hambre en el mundo. Me pregunto del porqué tantos secuestros y tantos asesinatos. Me pregunto del porqué de tanto vacío, de tanta soledad en la familia Buendía. Tal vez hemos perdido como habitantes del planeta tierra, el valor de la persona humana. Una segunda apreciación sobre los conflictos de valores tiene que ver con el valor del amor. Pareciera difícil definir hoy de que hablamos cuando decimos amor. Aclararé esta pregunta con algunas reflexiones. Tanto en Macondo como en la actualidad, puedo percibir un sobre énfasis en la pasión y los sentimientos fluctuantes. Muchas veces nos cuesta entender la diferencia. El amor está basado en una decisión consiente de dar lo mejor de uno mismo. El camino más fácil, la pasión y los sentimientos fluctuantes terminan con hastiarnos y amargarnos. Cada vez que el ser humano se aleja más y más del verdadero amor, más y más semejante se vuelve a los animales. De esto podríamos hablar mucho, ya que mi principal observación sobre la obra de García Márquez es que me parece que él tiene como que una constante obsesión con el tema sexual (presenta en forma literaria todo tipo…, con prostitutas, entre familiares, con adolescentes, y hasta con animales) Creo que los valores que hoy se transmiten por TV, y otros medios de comunicación, tienden a incentivar la pasión y se está perdiendo de lado el compromiso, la responsabilidad, la fidelidad, como características del verdadero amor. El último valor al que me referiré es el de la libertad. Me refiero a ella como un factor social y no psicológico, aunque los dos estén relacionados. Aparentemente según la trama del libro, nadie puede elegir su destino, ya todo está destinado mediante fuerzas misteriosas, de las cuales nadie puede escapar. Pareciera que Nostradamus y Melquíades lo determinaron todo. Las palabras finales del libro son: “…en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” Tal vez sea una perspectiva muy negativa del autor, tal vez sea un recurso para que podamos pensar en el tema de la libertad. No sé cuál es su postura sobre este tema. Pero dentro de los valores humanos que más aprecio luego de haber leído Cien años es soledad, es el de la libertad. No creo en una historia circular, donde todo esté determinado de antemano, tampoco creo en astrólogos ni personas que tiren las cartas. Creo en que cada uno es dueño de su propio destino. Y creo que el destino del ser humano es vivir en sociedad. Por lo tanto, en la medida que cambiemos nuestros valores (no por fuerzas externas, sino por decisión propia), la sociedad también puede ir cambiando. Un escritor español, de inicios del siglo XX, que vivió en nuestro país, Rafael Barrett, escribió un libro titulado “El dolor Paraguayo”. En su obra prevalece el “sentido trágico de la vida” de la sociedad paraguaya. Presenta a los paraguayos como “los hombres melancólicos y alucinantes” y también señala “la expresión fatalista y melancólica de resignación en las caras de las mujeres del mercado”. Él llega a una conclusión sobre los habitantes de nuestro país de hace unos 100 años. “Las familias luchan contra un ciego Dios – destino que ellos mismos han inventado” Tal vez García Márquez quiso luchar contra el ciego Dios – destino… de alguna manera. No sé si muchos salen confundidos luego de leer su obra. Tal el clímax de la obra esté justamente en “el instante prodigioso en que se revelaron las claves de Melquíades… y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres… La historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación” ¿Pero por qué considera esto el clímax? Me preguntará usted. Veo que aunque este clímax pareciera no tener nada sociológico, sí lo tiene. Creo que García Márquez pretende decir que luego de cientos de años de dictaduras, de revoluciones, de sometimientos, de corrupción, de falta de valores, algún día podremos descifrar los misterios y los porqués de los conflictos del ser humano. No sé cuánto tardemos en descifrar los pergaminos. Tal vez estemos empezando a hacerlo en este mismo instante. Tal vez no. Pero mientras tanto me reafirmo en mis convicciones sobre la libertad. Ojalá pudiera algún día escribir de la forma como lo hacía García Márquez, pero para escribir un libro sobre la Libertad en Latinoamérica. Ojalá pudiera escribir miles de palabras, varios libros y ganar muchos premios de literatura, pero que todo eso sea fruto de decir: Soy libre, puedo elegir mi destino. Eres libre, puedes elegir tu destino. Latinoamérica, levántate y camina, porque eres libre, puedes elegir tu destino. Paraguay, eres libre, puedes elegir tu destino.
Capitulo 7 de cien años de soledad.blogspot.com
miércoles, 4 de marzo de 2020
En mayo terminó la guerra. Dos semanas antes de que el gobierno
hiciera el anuncio oficial, en una proclama altisonante que prometía un
despiadado castigo para los promotores de la rebelión, el coronel
Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la
frontera occidental disfrazado de hechicero indígena. De los veintiún
hombres que lo siguieron en la guerra, catorce murieron en combate,
seis estaban heridos, y sólo uno lo acompañaba en el momento de la
derrota final: el coronel Gerineldo Márquez. La noticia de la captura fue
dada en Macondo con un bando extraordinario. «Está vivo -le informó
Úrsula a su marido-. Roguemos a Dios para que sus enemigos tengan
clemencia.» Después de tres días de llanto, una tarde en que batía un
dulce de leche en la cocina, oyó claramente la voz de su hijo muy cerca
del oído. «Era Aureliano -gritó, corriendo hacia el castaño para darle la
noticia al esposo-. No sé cómo ha sido el milagro, pero está vivo y
vamos a verlo muy pronto.» Lo dio por hecho. Hizo lavar los pisos de la
casa y cambiar la posición de los muebles. Una semana después, un
rumor sin origen que no sería respaldado por el bando, confirmó
dramáticamente el presagio. El coronel Aureliano Buendía había sido
condenado a muerte, y la sentencia sería ejecutada en Macondo, para
escarmiento de la población. Un lunes, a las diez y veinte de la mañana,
Amaranta estaba vistiendo a Aureliano José, cuando percibió un tropel
remoto y un toque de corneta, un segundo antes de que Úrsula
irrumpiera en el cuarto con un grito: «Ya lo traen.» La tropa pugnaba
por someter a culatazos a la muchedumbre desbordada. Úrsula y
Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a empellones, y
entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa desgarrada, el
cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir
el polvo abrasante, con las manos amarradas a la espalda con una soga
que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a caballo. Junto a
él, también astroso y derrotado, llevaban al coronel Gerineldo Márquez.
No estaban tristes. Parecían más bien turbados por la muchedumbre
que gritaba a la tropa toda clase de improperios.
-¡Hijo mío! -gritó Úrsula en medio de la algazara, y le dio un
manotazo al soldado que trató de detenerla. El caballo del oficial se
encabritó. Entonces el coronel Aureliano Buendía se detuvo, trémulo,
esquivó los brazos de su madre y fijó en sus ojos una mirada dura.
-Váyase a casa, mamá -dijo-. Pida permiso a las autoridades y venga
a verme a la cárcel.
Miró a Amaranta, que permanecía indecisa a dos pasos detrás de
Úrsula, y le sonrió al preguntarle: «¿Qué te pasó en la mano?»
Amaranta levantó la mano con la venda negra. «Una quemadura», dijo,
y apartó a Úrsula para que no la atropellaran los caballos. La tropa
disparó. Una guardia especial rodeó a los prisioneros y los llevó al trote
al cuartel.
Al atardecer, Úrsula visitó en la cárcel al coronel Aureliano Buendía.
Había tratado de conseguir el permiso a través de don Apolinar Moscote,
pero éste había perdido toda autoridad frente a la omnipotencia de los
militares. El padre Nicanor estaba postrado por una calentura hepática.
Los padres del coronel Gerineldo Márquez, que no estaba condenado a
muerte, habían tratado de verlo y fueron rechazados a culatazos. Ante
la imposibilidad de conseguir intermediarios, convencida de que su hijo
sería fusilado al amanecer, Úrsula hizo un envoltorio con las cosas que
quería llevarle y fue sola al cuartel.
-Soy la madre del coronel Aureliano Buendía -se anunció. Los
centinelas le cerraron el paso. «De todos modos voy a entrar -les
advirtió Úrsula-. De manera que si tienen orden de disparar, empiecen
de una vez.» Apartó a uno de un empellón y entró a la antigua sala de
clases, donde un grupo de soldados desnudos engrasaban sus armas,
Un oficial en uniforme de campaña, sonrosado, con lentes de cristales
muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas una señal
para que se retiraran.
-Soy la madre del coronel Aureliano Buendía -repitió Úrsula.
-Usted querrá decir -corrigió el oficial con una sonrisa amable- que es
la señora madre del señor Aureliano Buendía.
Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia
lánguida de la gente del páramo, los cachacos.
-Como usted diga, señor -admitió-, siempre que me permita verlo.
Había órdenes superiores de no permitir visitas a los condenados a
muerte, pero el oficial asumió la responsabilidad de concederle una
entrevista de quince minutos. Úrsula le mostró lo que llevaba en el
envoltorio: una muda de ropa limpia los botines que se puso su hijo
para la boda, y el dulce de leche que guardaba para él desde el día en
que presintió su regreso. Encontró al coronel Aureliano Buendía en el
cuarto del cepo, tendido en un catre y con los brazos abiertos, porque
tenía las axilas empedradas de golondrinos. Le habían permitido
afeitarse. El bigote denso de puntas retorcidas acentuaba la angulosidad
de sus pómulos. A Úrsula le pareció que estaba más pálido que cuando
se fue, un poco más alto y más solitario que nunca. Estaba enterado de
los pormenores de la casa: el suicidio de Pietro Crespi, las
arbitrariedades y el fusilamiento de Arcadio, la impavidez de José
Arcadio Buendía bajo el castaño. Sabía que Amaranta había consagrado
su viudez de virgen a la crianza de Aureliano José, y que éste empezaba
a dar muestras de muy buen juicio y leía y escribía al mismo tiempo que
aprendía a hablar. Desde el momento en que entró al cuarto, Úrsula se
sintió cohibida por la madurez de su hijo, por su aura de dominio, por el
resplandor de autoridad que irradiaba su piel. Se sorprendió que
estuviera tan bien informado. «Ya sabe usted que soy adivino -bromeó
él. Y agregó en serio-:
Esta mañana, cuando me trajeron, tuve la impresión de que ya había
pasado por todo esto.» En verdad, mientras la muchedumbre tronaba a
su paso, él estaba concentrado en sus pensamientos, asombrado de la
forma en que había envejecido el pueblo en un año. Los almendros
tenían las hojas rotas. Las casas pintadas de azul, pintadas luego de
rojo y luego vueltas a pintar de azul, habían terminado por adquirir una
coloración indefinible.
-¿Qué esperabas? -suspiró Úrsula-. El tiempo pasa.
-Así es -admitió Aureliano-, pero no tanto.
De este modo, la visita tanto tiempo esperada, para la que ambos
habían preparado las preguntas e inclusive previsto las respuestas, fue
otra vez la conversación cotidiana de siempre. Cuando el centinela
anunció el término de la entrevista, Aureliano sacó de debajo de la
estera del catre un rollo de papeles sudados. Eran sus versos. Los
inspirados por Remedios, que había llevado consigo cuando se fue, y los
escritos después, en las azarosas pausas de la guerra. «Prométame que
no los va a leer nadie -dijo-. Esta misma noche encienda el horno con
ellos.» Úrsula lo prometió y se incorporó para darle un beso de
despedida.
-Te traje un revólver -murmuró.
El coronel Aureliano Buendia comprobó que el centinela no estaba a la
vista. «No me sirve de nada -replicó en voz baja-. Pero démelo, no sea
que la registren a la salida.» Úrsula sacó el revólver del corpiño y él lo
puso debajo de la estera del catre. «Y ahora no se despida -concluyó
con un énfasis calmado-. No suplique a nadie ni se rebaje ante nadie.
Hágase el cargo que me fusilaron hace mucho tiempo.» Úrsula se
mordió los labios para no llorar.
-Ponte piedras calientes en los golondrinos -dijo.
Dio media vuelta y salió del cuarto. El coronel Aureliano Buendía
permaneció de pie, pensativo, hasta que se cerró la puerta. Entonces
volvió a acostarse con los brazos abiertos. Desde el principio de la
adolescencia, cuando empezó a ser consciente de sus presagios, pensó
que la muerte había d< anunciarse con una señal definida, inequívoca,
irrevocable, pero le faltaban pocas horas para morir, y la señal no
llegaba. En cierta ocasión una mujer muy bella entró a su campamento
de Tucurinca y pidió a los centinelas que le permitieran verlo. La dejaron
pasar, porque conocían el fanatismo de algunas madres que enviaban a
sus hijas al dormitorio de los guerreros más notables, según ellas
mismas decían, para mejorar la raza. El coronel Aureliano Buendía
estaba aquella noche terminando e poema del hombre que se había
extraviado en la lluvia, cuando la muchacha entró al cuarto. Él le dio la
espalda para poner la hoja en la gaveta con llave donde guardaba sus
versos. Y entonces lo sintió. Agarró la pistola en la gaveta sin volver la
cara.
-No dispare, por favor -dijo.
Cuando se volvió con la pistola montada, la muchacha había bajado la
suya y no sabía qué hacer. Así había logrado eludir cuatro de once
emboscadas. En cambio, alguien que nunca fu capturado entró una
noche al cuartel revolucionario de Manaure y asesinó a puñaladas a su
intimo amigo, el coronel Magnífico Visbal, a quien había cedido el catre
para que sudar una calentura. A pocos metros, durmiendo en una
hamaca e el mismo cuarto, él no se dio cuenta de nada. Eran inútiles
sus esfuerzos por sistematizar los presagios. Se presentaban d pronto,
en una ráfaga de lucidez sobrenatural, como una convicción absoluta y
momentánea, pero inasible. En ocasione eran tan naturales, que no las
identificaba como presagios sin cuando se cumplían. Otras veces eran
terminantes y no se cumplían. Con frecuencia no eran más que golpes
vulgares de superstición. Pero cuando lo condenaron a muerte y le
pidieron expresar su última voluntad, no tuvo la menor dificultad par
identificar el presagio que le inspiró la respuesta:
-Pido que la sentencia se cumpla en Macondo -dijo. El presidente del
tribunal se disgustó.
-No sea vivo, Buendía -le dijo-. Es una estratagema par ganar tiempo.
-Si no la cumplen, allá ustedes -dijo el coronel-, pero esa es mi última
voluntad.
Desde entonces lo habían abandonado los presagios. El día en que
Úrsula lo visitó en la cárcel, después de mucho pensar, llegó a la
conclusión de que quizá la muerte no se anunciaría aquella vez, porque
no dependía del azar sino de la voluntad de sus verdugos. Pasó la noche
en vela atormentado por el dolor de los golondrinos. Poco antes del alba
oyó pasos en el corredor. «Ya vienen», se dijo, y pensó sin motivo en
José Arcadio Buendía, que en aquel momento estaba pensando en él,
bajo la madrugada lúgubre del castaño. No sintió miedo, ni nostalgia,
sino una rabia intestinal ante la idea de que aquella muerte artificiosa no
le permitiría conocer el final de tantas cosas que dejaba sin terminar. La
puerta se abrió y entró el centinela con un tazón de café. Al día
siguiente a la misma hora todavía estaba como entonces, rabiando con
el dolor de las axilas, y ocurrió exactamente lo mismo. El jueves
compartió el dulce de leche con los centinelas y se puso la ropa limpia,
que le quedaba estrecha, y los botines de charol. Todavía el viernes no
lo habían fusilado.
En realidad, no se atrevían a ejecutar la sentencia. La rebeldía del
pueblo hizo pensar a los militares que el fusilamiento del coronel
Aureliano Buendía tendría graves consecuencias políticas no sólo en
Macondo sino en todo el ámbito de la ciénaga, así que consultaron a las
autoridades de la capital provincial. La noche del sábado, mientras
esperaban la respuesta, el capitán Roque Carnicero fue con otros
oficiales a la tienda de Catarino. Sólo una mujer, casi presionada con
amenazas, se atrevió a llevarlo al cuarto. «No se quieren acostar con un
hombre que saben que se va a morir -le confesó ella-. Nadie sabe cómo
será, pero todo el mundo anda diciendo que el oficial que fusile al
coronel Aureliano Buendía, y todos los soldados del pelotón, uno por
uno, serán asesinados sin remedio, tarde o temprano, así se escondan
en el fin del mundo.» El capitán Roque Carnicero lo comentó con los
otros oficiales, y éstos lo comentaron con sus superiores. El domingo,
aunque nadie lo había revelado con franqueza, aunque ningún acto
militar había turbado la calma tensa de aquellos días, todo el pueblo
sabía que los oficiales estaban dispuestos a eludir con toda clase de
pretextos la responsabilidad de la ejecución. En el correo del lunes llegó
la orden oficial: la ejecución debía cumplirse en el término de
veinticuatro horas. Esa noche los oficiales metieron en una gorra siete
papeletas con sus nombres, y el inclemente destino del capitán Roque
Carnicero lo señaló con la papeleta premiada. «La mala suerte no tiene
resquicios -dijo él con profunda amargura-. Nací hijo de puta y muero
hijo de puta.» A las cinco de la mañana eligió el pelotón por sorteo, lo
formó en el patio, y despertó al condenado con una frase premonitoria:
-Vamos Buendía -le dijo-. Nos llegó la hora.
-Así que era esto -replicó el coronel-. Estaba soñando que se me
habían reventado los golondrinos.
Rebeca Buendía se levantaba a las tres de la madrugada desde que
supo que Aureliano sería fusilado. Se quedaba en el dormitorio a
oscuras, vigilando por la ventana entreabierta el muro del cementerio,
mientras la cama en que estaba sentada se estremecía con los
ronquidos de José Arcadio. Esperó toda semana con la misma
obstinación recóndita con que en otra época esperaba las cartas de
Pietro Crespi. «No lo fusilarán aquí» -le decía José Arcadio-. Lo fusilarán
a media noche en cuartel para que nadie sepa quién formó el pelotón, y
lo enterrarán allá mismo.» Rebeca siguió esperando. «Son tan brutos
que lo fusilarán aquí» -decía-. Tan segura estaba, que había previsto la
forma en que abriría la puerta para decirle adiós con la mano. «No lo
van a traer por la calle -insistía José Arcadio-, con sólo seis soldados
asustados, sabiendo que gente está dispuesta a todo.» Indiferente a la
lógica de su marido, Rebeca continuaba en la ventana.
-Ya verás que son así de brutos -decía-.
El martes a las cinco de la mañana José Arcadio había tomado el café
y soltado los perros, cuando Rebeca cerró la ventana se agarró de la
cabecera de la cama para no caer. «Ahí lo trae -suspiró-. Qué hermoso
está.» José Arcadio se asomó a la ventana, y lo vio, trémulo en la
claridad del alba, con unos pantalones que habían sido suyos en la
juventud. Estaba ya de espaldas al muro y tenía las manos apoyadas en
la cintura porque los nudos ardientes de las axilas le impedían bajar los
brazos «Tanto joderse uno -murmuraba el coronel Aureliano Buendía-.
Tanto joderse para que lo maten a uno seis maricas si poder hacer
nada,» Lo repetía con tanta rabia, que casi parece fervor, y el capitán
Roque Carnicero se conmovió porque creyó que estaba rezando. Cuando
el pelotón lo apuntó, la rabia se había materializado en una sustancia
viscosa y amarga que le adormeció la lengua y lo obligó a cerrar los
ojos. Entonces desapareció el resplandor de aluminio del amanecer, y
volvió verse a sí mismo, muy niño, con pantalones cortos y un lazo en el
cuello, y vio a su padre en una tarde espléndida conduciéndolo al
interior de la carpa, y vio el hielo. Cuando oyó el grito, creyó que era
orden final al pelotón. Abrió los ojos con una curiosidad de escalofrío,
esperando encontrarse con la trayectoria incandescente de los
proyectiles, pero sólo encontró capitán Roque Carnicero con los brazos
en alto, y a José Arcadio atravesando la calle con su escopeta pavorosa
lista para disparar.
-No haga fuego -le dijo el capitán a José Arcadico. Usted viene
mandado por la Divina Providencia.
Allí empezó otra guerra. El capitán Roque Carnicero y sus seis
hombres se fueron con el coronel Aureliano Buendía a liberar al general
revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte en Riohacha.
Pensaron ganar tiempo atravesando la sierra por el camino que siguió
José Arcadio Buendía para fundar a Macondo, pero antes de una semana
se convencieron de que era una empresa imposible. De modo que
tuvieron que hacer la peligrosa ruta de las estribaciones, sin más
municiones que las del pelotón de fusilamiento. Acampaban cerca de los
pueblos, y uno de ellos, con un pescadito de oro en la mano, entraba
disfrazado a pleno día y hacia contacto con los liberales en reposo, que
a la mañana siguiente salían a cazar y no regresaban nunca. Cuando
avistaron a Riohacha desde un recodo de la sierra, el general Victorio
Medina había sido fusilado. Los hombres del coronel Aureliano Buendía
lo proclamaron jefe de las fuerzas revolucionarias del litoral del Caribe,
con el grado de general. Él asumió el cargo, pero rechazó el ascenso, y
se puso a sí mismo la condición de no aceptarlo mientras no derribaran
el régimen conservador. Al cabo de tres meses habían logrado armar a
más de mil hombres, pero fueron exterminados. Los sobrevivientes
alcanzaron la frontera oriental. La próxima vez que se supo de ellos
habían desembarcado en el Cabo de la Vela, procedentes del
archipiélago de las Antillas, y un parte del gobierno divulgado por
telégrafo y publicado en bandos jubilosos por todo el país, anunció la
muerte del coronel Aureliano Buendía. Pero dos días después, un
telegrama múltiple que casi le dio alcance al anterior, anunciaba otra
rebelión en los llanos del sur. Así empezó la leyenda de la ubicuidad del
coronel Aureliano Buendía. Informaciones simultáneas y contradictorias
lo declaraban victorioso en Villanueva, derrotado en Guacamayal,
demorado por los indios Motilones, muerto en una aldea de la ciénaga y
otra vez sublevado en Urumita. Los dirigentes liberales que en aquel
momento estaban negociando una participación en el parlamento, lo
señalaron como un aventurero sin representación de partido. El
gobierno nacional lo asimiló a la categoría de bandolero y puso a su
cabeza un precio de cinco mil pesos. Al cabo de dieciséis derrotas, el
coronel Aureliano Buendía salió de la Guajira con dos mil indígenas bien
armados, y la guarnición sorprendida durante el sueño abandonó
Riohacha. Allí estableció su cuartel general, y proclamó la guerra total
contra el régimen. La primera notificación que recibió del gobierno fue la
amenaza de fusilar al coronel Gerineldo Márquez en el término de
cuarenta y ocho horas, si no se replegaba con sus fuerzas hasta la
frontera oriental. El coronel Roque Carnicero, que entonces era jefe de
su estado mayor, le entregó el telegrama con un gesto de
consternación, pero él lo leyó con imprevisible alegría.
¡Qué bueno! -exclamó-. Ya tenemos telégrafo en Macondo.
Su respuesta fue terminante. En tres meses esperaba establecer su
cuartel general en Macondo. Si entonces no encontraba vivo al coronel
Gerineldo Márquez, fusilaría sin fórmula de juicio a toda la oficialidad
que tuviera prisionera en ese momento, empezando por los generales, e
impartiría órdenes a sus subordinados para que procedieran en igual
forma hasta el término de la guerra. Tres meses después, cuando entró
victorioso a Macondo, el primer abrazo que recibió en el camino de la
ciénaga fue el del coronel Gerineldo Márquez.
La casa estaba llena de niños. Úrsula había recogido a Santa Sofía de
la Piedad, con la hija mayor y un par de gemelos que nacieron cinco
meses después del fusilamiento de Arcadio. Contra la última voluntad
del fusilado, bautizó a la niña con el nombre de Remedios. «Estoy
segura que eso fue lo que Arcadio quiso decir -alegó-. No la pondremos
Úrsula, porque se sufre mucho con ese nombre.» A los gemelos les puso
José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. Amaranta se hizo cargo de
todos. Colocó asientitos de madera en la sala, y estableció un parvulario
con otros niños de familias vecinas. Cuando regresó el coronel Aureliano
Buendía, entre estampidos de cohetes y repiques de campanas, un coro
infantil le dio la bienvenida en la casa. Aureliano José, largo como su
abuelo, vestido de oficial revolucionario, le rindió honores militares.
No todas las noticias eran buenas. Un año después de la fuga del
coronel Aureliano Buendía, José Arcadio y Rebeca se fueron a vivir en la
casa construida por Arcadio. Nadie se enteró de su intervención para
impedir el fusilamiento. En la casa nueva, situada en el mejor rincón de
la plaza, a la sombra de un almendro privilegiado con tres nidos de
petirrojos, con una puerta grande para las visitas V cuatro ventanas
para la luz, establecieron un hogar hospitalario. Las antiguas amigas de
Rebeca, entre ellas cuatro hermanas Moscote que continuaban solteras,
reanudaron las sesiones de bordado interrumpidas años antes en el
corredor de las begonias. José Arcadio siguió disfrutando de las tierras
usurpadas cuyos títulos fueron reconocidos por el gobierno conservador.
Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perros montunos
y su escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la
montura. Una tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta,
regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el
comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina
para sacarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca
declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se
encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de
creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un
motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz.
Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en Macondo.
Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el
estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por
debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso
directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió
pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la
derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de
los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de
visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la
otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por
el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de
Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se
metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a
partir treinta y seis huevos para el pan.
-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.
Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen
atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias donde
Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres son nueve,
y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y
dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la calle de los
Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y
las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una
casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y
casi se ahogó con el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio
tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de
quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de
fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni
pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor
a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron tres veces con jabón y
estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y
limón, y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron reposar
seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje
empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso desesperado
de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día
entero a fuego lento ya había empezado a descomponerse y tuvieron
que enterrarlo a las volandas. Lo encerraron herméticamente en un
ataúd especial de dos metros y treinta centímetros de largo y un metro
y diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de
hierro y atornillado con pernos de acero, y aun así se percibía el olor en
las calles por donde pasó el entierro. El padre Nicanor, con el hígado
hinchado y tenso como un tambor, le echó la bendición desde la cama.
Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros
superpuestos y echaron entre ellos ceniza apelmazada, aserrín y cal
viva, el cementerio siguió oliendo a pólvora hasta muchos años después,
cuando los ingenieros de la compañía bananera recubrieron la sepultura
con una coraza de hormigón. Tan pronto como sacaron el cadáver,
Rebeca cerró las puertas de su casa y se enterró en vida, cubierta con
una gruesa costra de desdén que ninguna tentación terrenal consiguió
romper. Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con unos zapatos
color de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la época
en que pasó por el pueblo el Judío Errante y provocó un calor tan
intenso que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para
morir en los dormitorios. La última vez que alguien la vio con vida fue
cuando mató de un tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta
de su casa. Salvo Argénida, su criada y confidente, nadie volvió a tener
contacto con ella desde entonces. En un tiempo se supo que escribía
cartas al Obispo, a quien consideraba como su primo hermano, pero
nunca se dijo que hubiera recibido respuesta. El pueblo la olvidó.
A pesar de su regreso triunfal, el coronel Aureliano Buendía no se
entusiasmaba con las apariencias. Las tropas del gobierno abandonaban
las plazas sin resistencia, y eso suscitaba en la población liberal una
ilusión de victoria que no convenía defraudar, pero los revolucionarios
conocían la verdad, y más que nadie el coronel Aureliano Buendía.
Aunque en ese momento mantenía más de cinco mil hombres bajo su
mando y dominaba dos estados del litoral, tenía conciencia de estar
acorralado contra el mar, y metido en una situación política tan confusa
que cuando ordenó restaurar la torre de la iglesia desbaratada por un
cañonazo del ejército, el padre Nicanor comentó en su lecho de
enfermo: «Esto es un disparate: los defensores de la fe de Cristo
destruyen el templo y los masones lo mandan componer.» Buscando
una tronera de escape pasaba horas y horas en la oficina telegráfica,
conferenciando con los jefes de otras plazas, y cada vez salía con la
impresión más definida de que la guerra estaba estancada. Cuando se
recibían noticias de nuevos triunfos liberales se proclamaban con bandos
de júbilo, pero él medía en los mapas su verdadero alcance, y
comprendía que sus huestes estaban penetrando en la selva,
defendiéndose de la malaria y los mosquitos, avanzando en sentido
contrario al de la realidad. «Estamos perdiendo el tiempo -se quejaba
ante sus oficiales-. Estaremos perdiendo el tiempo mientras los
carbones del partido estén mendigando un asiento en el congreso.» En
noches de vigilia, tendido boca arriba en la hamaca que colgaba en el
mismo cuarto en que estuvo condenado a muerte, evocaba la imagen de
los abogados vestidos de negro que abandonaban el palacio presidencial
en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos levantado hasta
las orejas, frotándose las manos, cuchicheando, refugiándose en los
cafetines lúgubres del amanecer, para especular sobre lo que quiso decir
el presidente cuando dijo que sí, o lo que quiso decir cuando dijo que
no, y para suponer inclusive lo que el presidente estaba pensando
cuando dijo una cosa enteramente distinta, mientras él espantaba
mosquitos a treinta y cinco grados de temperatura, sintiendo
aproximarse al alba temible en que tendría que dar a sus hombres la
orden de tirarse al mar.
Una noche de incertidumbre en que Pilar Ternera cantaba en el patio
con la tropa, él pidió que le leyera el porvenir en las barajas. «Cuídate la
boca -fue todo lo que sacó en claro Pilar Ternera después de extender y
recoger los naipes tres veces-. No sé lo que quiere decir, pero la señal
es muy clara: cuídate la boca.» Dos días después alguien le dio a un
ordenanza un tazón de café sin azúcar, y el ordenanza se lo pasó a otro,
y éste a otro, hasta que llegó de mano en mano al despacho del coronel
Aureliano Buendía. No había pedido café, pero ya que estaba ahí, el
coronel se lo tomó. Tenía una carga de nuez vómica suficiente para
matar un caballo. Cuando lo llevaron a su casa estaba tieso y arqueado
y tenía la lengua partida entre los dientes. Úrsula se lo disputó a la
muerte. Después de limpiarle el estómago con vomitivos, lo envolvió en
frazadas calientes y le dio claras de huevos durante dos días, hasta que
el cuerpo estragado recobró la temperatura normal. Al cuarto día estaba
fuera de peligro. Contra su voluntad, presionado por Úrsula y los
oficiales, permaneció en la cama una semana más. Sólo entonces supo
que no habían quemado sus versos. «No me quise precipitar -le explicó
Úrsula-. Aquella noche, cuando iba a prender el horno, me dije que era
mejor esperar que trajeran el cadáver.» En la neblina de la
convalecencia, rodeado de las polvorientas muñecas de Remedios, el
coronel Aureliano Buendia evocó en la lectura de sus versos los
instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas
horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en
versos rimados sus experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus
pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y
al revés. Una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez:
-Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?
-Por qué ha de ser, compadre contestó el coronel Genireldo Márquez-:
por el gran partido liberal.
-Dichoso tú que lo sabes contestó él-. Yo, por mi parte, apenas ahora
me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Márquez.
Al coronel Aureliano Buendia le divirtió su alarma. «Naturalmente -
dijo-. Pero en todo caso, es mejor eso, que no saber por qué se pelea.»
Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo:
-O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie.
Su orgullo le había impedido hacer contactos con los grupos armados
del interior del país, mientras los dirigentes del partido no rectificaran en
público su declaración de que era un bandolero. Sabía, sin embargo, que
tan pronto como pusiera de lado esos escrúpulos rompería el círculo
vicioso de la guerra. La convalecencia le permitió reflexionar. Entonces
consiguió que Úrsula le diera el resto de la herencia enterrada y sus
cuantiosos ahorros; nombró al coronel Gerineldo Márquez jefe civil y
militar de Macondo, y se fue a establecer contacto con los grupos
rebeldes del interior.
El coronel Gerineldo Márquez no sólo era el hombre de más confianza
del coronel Aureliano Buendía, sino que Úrsula lo recibía como un
miembro de la familia. Frágil, tímido, de una buena educación natural,
estaba, sin embargo, mejor constituido para la guerra que para el
gobierno. Sus asesores políticos lo enredaban con facilidad en laberintos
teóricos. Pero consiguió imponer en Macondo el ambiente de paz rural
con que soñaba el coronel Aureliano Buendia para morirse de viejo
fabricando pescaditos de oro. Aunque vivía en casa de sus padres,
almorzaba donde Úrsula dos o tres veces por semana. Inició a Aureliano
José en el manejo de las armas de fuego, le dio una instrucción militar
prematura y durante varios meses lo llevó a vivir al cuartel, con el
consentimiento de Úrsula, para que se fuera haciendo hombre. Muchos
años antes, siendo casi un niño, Gerineldo Márquez había declarado su
amor a Amaranta. Ella estaba entonces tan ilusionada con su pasión
solitaria por Pietro Crespi, que se rió de él. Gerineldo Márquez esperó.
En cierta ocasión le envió a Amaranta un papelito desde la cárcel,
pidiéndole el favor de bordar una docena de pañuelos de batista con las
iniciales de su padre. Le mandó el dinero. Al cabo de una semana,
Amaranta le llevó a la cárcel la docena de pañuelos bordados, junto con
el dinero, y se quedaron varias horas hablando del pasado. «Cuando
salga de aquí me casaré contigo», le dijo Gerineldo Márquez al
despedirse. Amaranta se rió, pero siguió pensando en él mientras
enseñaba a leer a los niños, y deseé revivir para él su pasión juvenil por
Pietro Crespi. Los sábados, día de visita a los presos, pasaba por casa
de los padres de Gerineldo Márquez y los acompañaba a la cárcel. Uno
de esos sábados, Úrsula se sorprendió al verla en la cocina, esperando a
que salieran los bizcochos del horno para escoger los mejores y
envolverlos en una servilleta que había bordado para la ocasión.
-Cásate con él -le dijo-. Difícilmente encontrarás otro hombre como
ese.
Amaranta fingió una reacción de disgusto.
-No necesito andar cazando hombres -replicó-. Le llevo estos
bizcochos a Gerineldo porque me da lástima que tarde o temprano lo
van a fusilar.
Lo dijo sin pensarlo, pero fue por esa época que el gobierno hizo
pública la amenaza de fusilar al coronel Gerineldo Márquez si las fuerzas
rebeldes no entregaban a Riohacha. Las visitas se suspendieron.
Amaranta se encerró a llorar, agobiada por un sentimiento de culpa
semejante al que la atormenté cuando murió Remedios, como si otra
vez hubieran sido sus palabras irreflexivas las responsables de una
muerte. Su madre la consoló. Le aseguré que el coronel Aureliano
Buendía haría algo por impedir el fusilamiento, y prometió que ella
misma se encargaría de atraer a Gerineldo Márquez, cuando terminara
la guerra. Cumplió la promesa antes del término previsto. Cuando
Gerineldo Márquez volvió a la casa investido de su nueva dignidad de
jefe civil y militar, lo recibió como a un hijo, concibió exquisitos halagos
para retenerlo, y rogó con todo el ánimo de su corazón que recordara su
propósito de casarse con Amaranta. Sus súplicas parecían certeras. Los
días en que iba a almorzar a la casa, el coronel Gerineldo Márquez se
quedaba la tarde en el corredor de las begonias jugando damas chinas
con Amaranta. Úrsula les llevaba café con leche y bizcochos y se hacía
cargo de los niños para que no los molestaran. Amaranta, en realidad,
se esforzaba por encender en su corazón las cenizas olvidadas de su
pasión juvenil. Con una ansiedad que llegó a ser intolerable esperé los
días de almuerzos, las tardes de damas chinas, y el tiempo se le iba
volando en compañía de aquel guerrero de nombre nostálgico cuyos
dedos temblaban imperceptiblemente al mover las fichas. Pero el día en
que el coronel Gerineldo Márquez le reiteré su voluntad de casarse, ella
lo rechazó.
-No me casaré con nadie -le dijo-, pero menos contigo. Quieres tanto
a Aureliano que te vas a casar conmigo porque no puedes casarte con
él.
El coronel Gerineldo Márquez era un hombre paciente. «Volveré a
insistir -dijo-. Tarde o temprano te convenceré.» Siguió visitando la
casa. Encerrada en el dormitorio, mordiendo un llanto secreto,
Amaranta se metía los dedos en los oídos para no escuchar la voz del
pretendiente que le contaba a Úrsula las últimas noticias de la guerra, y
a pesar de que se moría por verlo, tuvo fuerzas para no salir a su
encuentro.
El coronel Aureliano Buendía disponía entonces de tiempo para enviar
cada dos semanas un informe pormenorizado a Macondo. Pero sólo una
vez, casi ocho meses después de haberse ido, le escribió a Úrsula. Un
emisario especial llevó a la casa un sobre lacrado, dentro del cual había
un papel escrito con la caligrafía preciosista del coronel: Cuiden mucho a
papá porque se va a morir. Úrsula se alarmó: «Si Aureliano lo dice,
Aureliano lo sabe», dijo. Y pidió ayuda para llevar a José Arcadio
Buendía a su dormitorio. No sólo era tan pesado como siempre, sino que
en 511 prolongada estancia bajo el castaño había desarrollado la
facultad de aumentar de peso voluntariamente, hasta el punto de que
siete hombres no pudieron con él y tuvieron que llevarlo a rastras a la
cama. Un tufo de hongos tiernos, de flor de palo, de antigua y
reconcentrada intemperie impregnó el aire del dormitorio cuando
empezó a respirarlo el viejo colosal macerado por el sol y la lluvia. Al día
siguiente no amaneció en la cama. Después de buscarlo por todos los
cuartos, Úrsula lo encontré otra vez bajo el castaño. Entonces lo
amarraron a la cama. A pesar de su fuerza intacta, José Arcadio Buendía
no estaba en condiciones de luchar. Todo le daba lo mismo. Si volvió al
castaño no fue por su voluntad sino por una costumbre del cuerpo.
Úrsula lo atendía, le daba de comer, le llevaba noticias de Aureliano.
Pero en realidad, la única persona con quien él podía tener contacto
desde hacía mucho tiempo, era Prudencio Aguilar. Ya casi pulverizado
por la profunda decrepitud de la muerte, Prudencio Aguilar iba dos veces
al día a conversar con él. Hablaban de gallos. Se prometían establecer
un criadero de animales magníficos, no tanto por disfrutar de unas
victorias que entonces no les harían falta, sino por tener algo con qué
distraerse en los tediosos domingos de la muerte. Era Prudencio Aguilar
quien lo limpiaba, le daba de comer y le llevaba noticias espléndidas de
un desconocido que se llamaba Aureliano y que era coronel en la guerra.
Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de
los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la
puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de
hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la
Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a
otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro
exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito.
Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos
paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces
regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el
camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la
realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la
cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él
se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real. A la mañana
siguiente Úrsula le llevaba el desayuno cuando vio acercarse un hombre
por el corredor. Era pequeño y macizo, con un traje de paño negro y un
sombrero también negro, enorme, hundido hasta los ojos taciturnos.
«Dios mío -pensó Úrsula-. Hubiera jurado que era Melquíades.» Era
Cataure, el hermano de Visitación, que había abandonado la casa
huyendo de la peste del insomnio, y de quien nunca se volvió a tener
noticia. Visitación le preguntó por qué había vuelto, y él le contestó en
su lengua solemne:
-He venido al sepelio del rey.
Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron
con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a
las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo. Poco después, cuando
el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la
ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas.
Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y
cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales
que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las
calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que
despejarías con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.
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